Una casa, una mujer, la vida que nos atraviesa con sus giros y sorpresas, el lugar de origen, la fragilidad de los cuerpos, lo femenino, el conocimiento, la nocturnidad, lo efímero, la luz. Palabras que seguramente remiten a universos personales, distintos y distantes del ajeno.  Para María de los Santos, artista uruguaya residente desde hace décadas en la Argentina, ese corpus de palabras y conceptos son la llave para acceder a un trabajo íntimo, delicado al extremo, especialmente por la carga simbólica de su materialidad misma.

 

 

Y son esas vueltas de la vida las que conectan ese soporte material de las esculturas en pequeño formato -casi una constante en la obra de Maria, integrando series y grupos que se combinan y multiplican en instalaciones tomando todo el espacio y conformando en la unión, la fuerza y magnitud- con el peso simbólico que posee el vidrio para la artista. María estudia la composición del cristal para poder modelar piezas donde se luzca en todo su esplendor, siempre destacando su aparente simplicidad y fluidez en el acabado, donde encierra la complejidad que demanda para trabajarlo de forma tal que conserve esa belleza elegante, cristalina, deliciosa, pero también  contundente, sólida, filosa y agresiva. El vidrio revela las dos caras de una misma moneda y sólo para quien sepa tratarlo amorosamente, se dejará acariciar o bien, lastimará sin piedad. María de los Santos lo sabe. No es casualidad que su formación inicial fuera dentro del campo de la Prótesis dental, porque es ése conocimiento el que la llevará a crear verdaderas piezas escultóricas en porcelana, manejar hornos y lograr manipular tamaños mínimos a altas temperaturas de cocción,  elaborando trabajos con detalles a veces imperceptibles.

 

 

El vidrio, presente en su vida desde niña, se mostró siempre como un caleidoscopio infinito, un portal iluminado que observaba mutar con el paso de las horas, las estaciones y el cambio en el tiempo, reflejando la refracción de esa luz que atravesaba los grandes ventanales de colores de la casa paterna. Un romance que se extenderá de por vida, siendo el vidrio el elemento elegido para su obra. Simplemente mencionar algunos trabajos individuales o series, bastan para dar cuenta de lo antedicho. En la obra de María, concepto y materialidad van de la mano, la figuración está siempre presente y no hace más que reforzar los temas elegidos enfatizando en el rol de la mujer, lo efímero, el saber, el hábitat, los cuerpos, utilizando una paleta por lo general monocromática, cristalina -aún cuando coloreada- y con una alta preponderancia del color de la sangra, del vino, del fluir vital. Obras tales como Riveresco y Reborn (ambas referidas al renacer) se componen de espirales de torsos femeninos que integran un conjunto armónico de vulnerabilidades. En esos cuerpos suspendidos se representa a la mujer en su permanente reinventarse dentro de cada una de las culturas que la contienen, más o menos dogmáticas, siempre luchando contra algún sometimiento o descalificación. La serie Mujer propiamente dicha, representa mujeres sin rostro, anónimas, cada una con su propia sombra, su entorno, donde somos todas en Una en nuestra esencia, nuestra lucha, intuición y sabiduría.

 

 

Son también las Calas Nocturnas un eco de esos torsos sensuales y sugestivos. En versión sintetizada, elongada y mucho más sugestiva que figurativa,  los torsos se dibujan en el vidrio como surcos densos, profundos emulando las flores bajo la luz de la noche en ese silencio introspectivo que conecta, una vez más, con la reflexión. Y si de reflexionar se trata, la serie Sabiduría presenta una propuesta interesante porque pone en el "fruto del pecado original", la responsabilidad del conocimiento. Y vaya si hay allí conocimiento!. La emblemática manzana se repite decenas de veces en tres instancias específicas entre su plenitud y decadencia, tres estados, como "las tres gracias" de la mitología griega. En esa búsqueda por saber, también la mujer se refleja en la manzana pero no necesariamente como la pasión prohibida sino como la pasión posible, atractiva e indescifrable en su totalidad.

 

 

La serie Reparando Fisuras hace hincapié en la fractura - y el espectador será quien busque las asociaciones que sienta necesarias-, un vacío que demanda observación y entendimiento. Un trabajo introspectivo, mucho más contundente en cuanto a la materialidad física de las obras que se presentan en bloques compactos,  pesados, como "tablas de la ley" tan personales como universales, cocidas, suturadas, sanándose. Un trabajo que da pie a lo que se viene para el futuro con la serie Mi mundo privado, obras que indagan sobre el origen, el propio, las raíces.

 

 

María de los Santos habla de un impulso que la lleva hasta los albores, el límite, la orilla de las profundidades de su ser y es recién desde ahí, desde donde puede empezar a sanarse e intentar reparar lo que está dañado. Desde esa orilla de cara al abismo, se construye como mujer y como artista. Tendremos que esperar a ver qué nos trae la marea….

 

Lic. María Carolina Baulo, Marzo 2020